sábado, 18 de enero de 2014

Cartagena/Bogotá

Fuente: http://www.eluniversal.com.co/ ALBERTO ABELLO VIVES @ElUniversalCtg Ambas gozan de fuertes condiciones climáticas. La una, Bogotá, es fría y gris con muy poca luminosidad durante el año. La otra, Cartagena, es calurosa y húmeda, con alta luminosidad. Son de Colombia, pero una está en los Andes y la otra a orillas del Caribe; en algún momento de la historia se disputaron la capital del virreinato. Para García Márquez, los cartageneros son los cachacos de la costa, refiriéndose tal vez a sus respectivas élites.

Llega la temporada de vacaciones que transcurre entre la última semana de diciembre y los primeros días de enero. Es la temporada más alta de turismo para Cartagena, cosa que a su economía y a su gente le sirve mucho. Y todo lo que ocurre en una de las dos ciudades, deja de ocurrir en la otra.

Bogotá, archiconocida por su exasperante movilidad urbana se torna desocupada; es posible recorrerla de norte a sur y de oriente a occidente sin mayores contratiempos: calles por donde no transita nadie y avenidas con poco tráfico. En cambio Cartagena, la que el país conoce como la ciudad tranquila y chévere en contraposición a Bogotá, se torna apretada y  congestionada. Hay calles del centro histórico donde se camina a paso de procesión y sus principales avenidas se parecen, por la congestión vehicular, a las de Bogotá durante el resto del año.

En Bogotá muchos restaurantes cierran y dan vacaciones a sus empleados, pero mantiene la ciudad una buena oferta gastronómica. En Cartagena cualquiera que sea el lugar para proveerse de alimentos, sea la calle, los mercados o los finos restaurantes, se desbordan de gente.

En Cartagena el tiempo se torna algo más seco y llegan las brisas que le refrescan los días a cartageneros y visitantes;  en Bogotá de vez en cuando la temperatura sube, sale el sol y el cielo, como el de Cartagena, se vuelve azul.

Mientras en Cartagena los bañistas se amontonan en unas playas de dudosa condición, en Bogotá se puede deambular con libertad por su espacio público y salir a gozar del mar verde de la Sabana. Mientras la una se encarece, en la otra es posible hacer economía para el bolsillo. Bogotá se torna amable y serena, apta para recorrer sus museos. En Cartagena prima la rumba y el desorden.

Pero el tiempo pasa y todo se acaba, las cosas vuelven a su lugar, como en aquel pueblo después de la fiesta a la que canta Joan Manuel Serrat: “…vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza…”, ¿recuerdan? Comienza un año más, las noticias se desperezan y poco a poco mientras Cartagena se desocupa Bogotá vuelve a ser la que es. Vuelve a trabajar su población para regresar en diciembre a Cartagena, vuelven el ruido y los trancones. Empieza la histeria. Una chichonera viaja de Cartagena a Bogotá.

Los que se quedaron en la capital porque no pudieron abandonarla saben de lo que se perdieron los que se fueron. Los que pudieron irse de Cartagena, al comenzar la temporada, saben muy bien lo que se perdieron. Son esos gajes del turismo entre Bogotá y Cartagena, dos ciudades aún unidas por una obsoleta carretera y muchos vuelos diarios.
*Columnista quincenal
PERIÓDICO DE AYER
albertoabellovives@gmail.com

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